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miércoles, 20 de julio de 2011

AL ESTILO MATHEY




Reflexiones

por:Gustavo Cadena Mathey
mier,20 de julio/2011
Buen día lector.

A través del paso del tiempo de vida, los seres humanos vamos experimentado diversas facetas como son el nacimiento, los primeros pasos, las primeras palabras, los estudios, las graduaciones, el trabajo, los deportes, la religión, los hijos, que en general son experiencias positivas.

Claro que también vivimos algunas negativas que templan nuestro carácter y nos hacen más humanos.

La más difícil de todas es la de la muerte, ya sea de nuestros padres, los hijos o los hermanos.

Dicen que cuando se va un ser querido nos planteamos muchas preguntas y empezamos a comprender con toda su crudeza, los ciclos de la vida, inevitablemente aceptamos que las cosas ocurren independientemente de lo que nosotros deseábamos o esperábamos.
Aceptamos que lo natural es nacer y morir pero cuando a un ser querido le llega la hora, sea como fuere, parecemos no estar preparados, como si fuera algo que nunca pudiera ocurrir, como si estuviera ajeno a nuestra condición de humanos.

Cierto día pasa y entonces pensamos en por qué no disfrutamos de esa persona, por qué no aprendimos de ella, por qué no conciliamos…, tantas preguntas, aunque la realidad finalmente es muy clara: se debe vivir con plena conciencia cada segundo, disfrutar cada paso de la vida, y aceptar lo que ocurra con alegría y buen carácter.
Existen otros mecanismos de respuesta como la culpabilidad y la depresión, pero son alternativas que no conducen a nada, que solo llevan a un sufrimiento innecesario.
A nadie se le desea la muerte de nadie y menos de un ser querido, pero siempre será conveniente para todos que hasta que esa hora llegue seamos capaces de vivir la vida, sin pensar tanto en lo que pasará, siendo conscientes del presente, de lo que acontece en cada instante, por muy cotidiano que parezca, pero en el fondo aceptar sin ambages que tarde o temprano esa hora llegará y deberemos saber cómo actuar.

En todo caso, quienes hemos sido formados en un ambiente religioso, que creo que somos la mayoría de los seres humanos, creemos o nos imaginamos que solo es el cuerpo el que muere y que el alma sigue un camino en otra vida distinta y en apariencia mejor.

Ojalá sirvan estas reflexiones al lector y aprovecho la ocasión para agradecer a todas las personas, entre amigos y conocidos en el estado y de Acayucan, a los compañeros periodistas, especialmente de aquí del Heraldo, a la gente de la radio y la televisión, a muchos del PRI, a mis compañeros del Tribunal Superior de Justicia, a los profesionales del ministerio público en la agencia quinta, a los del Servicio Médico Forense, a la gente del crematorio del Ayuntamiento y del Registro Civil, por el enorme apoyo que nos brindaron ante la sorpresiva muerte de mi hermano Víctor.

Y también para quienes nos han ayudado con su sangre y sus oraciones, por la también sorpresiva y muy complicada enfermedad que apareció sin avisos en el cuerpo de mi hermana Trini, colaboradora desde hace muchos años de la Secretaría de Educación aquí en Xalapa, con quien ahora luchamos por su vida primero en el CEM, gracias especialmente a la doctora Molina, al doctor Escorza, al subdirector doctor Raúl Alarcón y luego en el Cecan, gracias a la generosidad de sus autoridades. Ahí la llevamos.

A todos, que Dios los bendiga y que usted lector tenga un buen día.

gustavocadenamathey@hotmail.com

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